No quisiera llevar a engaño. Bruce Wayne no
siente el olor de una madalena recién hecha por Alfred y recuerda con nostalgia
los años en que todo era más sencillo y el mundo menos cruel. Aunque la
película empieza con un pequeño deje metafórico (tras mostrar de nuevo el
asesinato de los padres de Bruce1), y vuelva a ello en un par de
ocasiones a lo largo de sus 150 minutos, Zack Snyder decide tirar los dioses al
barro, ensuciarlos, arrastrarlos, torturarlos y, finalmente, elevarlos en un
espectáculo fastuoso de destrucción y cgi. Tan poco sutil como tremendamente
entretenido.
No puedo encontrar más justificación para ello que este mantra: es
Zack Snyder, tómalo o déjalo.


