viernes, 13 de mayo de 2016

[Cine] ( Críticas) High-Rise

Cayendo desde las alturas

 


Un elegante personaje pasa la mañana en la terraza de su flamante nuevo piso…comiéndose a un perro ( ¡ ! ) : este es el bizarro punto de partida, y una escena muy clarificadora, de lo que quiere contarnos High-Rise ( publicada en España por la editorial Minotauro bajo el título de Rascacielos ), una de las obras cumbre del escritor inglés J.G. Ballard ( nacido en Londres en 1930 y fallecido en 2009 ) donde, a través del relato de una sociedad (auto) contenida en un lujoso nuevo edificio que se vislumbra como una reimaginación de la sociedad londinense, divididos según su casta social en las diversas plantas del mismo - las plantas bajas para la clase media-pobre, las plantas altas para los ricos – acabará relatando la bajada al primitivismo al que está abocada la humanidad, en un relato directo y que te volará la cabeza, imposible de adaptar pero que ahora se traslada a imágenes gracias a la ambición del ( necesario ) productor Jeremy Thomas ( habitual de directores personales como Cronenberg o Bernardo Bertolucci  ) bajo la dirección del (muy) personal Ben Wheatley ( Kill List, Turistas )

 

Wheatley es un director de culto cuyos films apenas se han podido ver en nuestro país, casi siempre gracias a festivales de género como Sitges o San Sebastián, y que se lanza a adaptar este duro y difícil material en complicidad con un conjunto de actores de prestigio liderados por Tom Hiddleston ( que quiere demostrar que hay más vida después de su magnético Loki para Marvel Studios: ahí está su participación en series como  The Hollow Crown o The Night Manager ), Jeremy Irons ( como Royal , el creador de ese conjunto de edificios que quieren ser una utopía ), James Purefoy ( Roma ), Elizabeth Moss, Sienna  Miller  y Luke Evans como el revolucionario Wilder  . Un salto al vacío por parte de sus integrantes, los cuales salen bastante bien del mismo.


 

Su director, que también es guionista junto a Amy Jump ( y ambos son, curiosamente, ojo con el dato, también montadores: el ritmo del film es a la vez muy particular y criticable ) se siente imbuido por el espíritu de Stanley Kubrick, al cual le debe mucho en la puesta en escena y en variados planos : su primera y excelente primera hora tiene un ritmo peculiar dominado por la puesta en escena fría, hierática ( esos decorados que beben de 2001 o la naranja mecánica; el blanco del ático o de las vestimentas del Creador, el cual parece un personaje salido de 2001: una odisea en el espacio ), la música de Clint Mansell ( Requiem por un sueño ) que acompaña a las escenas contemplativas ( destacar planos como el de los ejecutivos y demás personas de clase alta saliendo a la vez camino a sus prestigiosos trabajos, el  parking inmenso – donde la gente ¡ no sabe donde ha aparcado ! - ) o el plano general del edificio ( que es una suerte de falange de un edificio que simulará ser una mano ¿ para conectar con Dios ? ) a las afueras de una negra Londres al fondo  con el personaje del doctor que es un mero espectador de lo que sucede en una narración expositiva y a la vez magnética que, con pocos detalles ( el uso del vestuario para distinguir a la población; el plano de una pequeña muesca en las perfectas y simétricas paredes del piso del protagonista ), demuestra la riqueza del discurso de Ballard entorno a esa nueva sociedad así como un humor negro e incómodo. Llena de detalles interesantes y unos actores que se prestan a ello ( destacando especialmente a Hiddleston, Purefoy o un desbocado Luke Evans ) en una suma de elementos que dan pie a un primer acto soberbio, interesante y a la vez narrativamente eficaz y llamativo.

 


Pero en el momento del salto ( escena que, sí, está cogida de la naranja mecánica: allí también era un punto de corte en su narración ) la cinta se dirigirá a una anarquía en su subtexto que por momentos se transmite a la puesta en escena, como si pasáramos del prólogo al desenlace sin tener un nudo según la escala narrativa clásica,  como si de dos maneras muy diferentes de dirigir se entorpecieran y chocaran, si bien se abraza el pesimismo Ballardiano ( y que nadie supo mejor poner en escena que David Cronenberg con esa obra maestra IRRENARRABLE E IRREPETIBLE  que es Crash: ¿ quien pensaba que una historia sobre un grupo de personas que se ponen cachondas teniendo accidentes de coche iba a dar un discurso tan negro y certero sobre nuestra sociedad ? ) y acaba desembocando en un estallido de violencia en ese golpe de estado que destrozará esa pretendida ( y totalmente fallida ) nueva sociedad ( citar la visión del protagonista manchado de pintura, como si fuera camino a la guerra ) y donde esa narración inconexa y extraña acaba funcionando a favor, haciendo más visceral la propuesta, con un mensaje final chocante ( con un elemento feminista inesperado – al menos yo no recuerdo si era así en la novela - ) y donde todos, a pesar de nuestro status social y logros, queremos lo mismo: comer, beber y follar.

 

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