miércoles, 16 de enero de 2013

Muere Nagisa Oshima

El emperador de los sentidos


Hace apenas unas horas nos dejó, a los ochenta años, uno de los grandes maestros del cine oriental. El director japonés Nagisa Oshima exploró como pocos la expresión visual de la violencia más convulsa y del sexo más refinado, hasta borrar las fronteras entre ambos. Heterodoxo, maldito, fiel a sí mismo, el binomio eros-tánatos presidió sus mejores films: Historias crueles de juventud (1960), El imperio de la pasión (1978) -con la cual ganó el premio al mejor director en Cannes-, Feliz Navidad, Mr Lawrence (1983), Gohatto (1999), su película testamento; pero siempre se le recordará por El imperio de los sentidos (1975).

Sada Abe se convirtió en una figura femenina mítica de la cultura japonesa a raíz de un acontecimiento sucedido en 1936: asesinó a su amante, con su consentimiento, en un acto desorbitado de pasión sexual. El acto conmocionó al país entero y mientras las instituciones condenaban a Sada a seis años de cárcel, surgía en los ámbitos populares una simpatía y veneración por esa mujer, que iba adquiriendo una aureola de sacerdotisa del erotismo y de la muerte. Oshima quiso rendirle su particular homenaje veinte años después con la película El imperio de los sentidos, así como evocar una tradición de refinamiento erótico y amatorio que había florecido en la sociedad japonesa del siglo X y, tras desaparecer en la era de los samuráis, resurgió en los ámbitos aristocráticos de los siglos XVII y XIX. La monogamia impuesta a principios del siglo XX en el Japón moderno fue, de hecho, una moda importada de Occidente que pretendía contribuir a la modernización del país. Así que sería un error pensar que el comportamiento de los amantes protagonistas de esta historia se alimenta de la literatura de autores como Sade, Artaud o Bataille, porque pese a conocer estas fuentes, el director se sitúa de pleno en la tradición erótica oriental.

Con El imperio de los sentidos Oshima se enfrentó al reto cinematográfico de la representación real del coito, mostrando primeros planos de órganos y actos sexuales, y alcanzando con ellos un valor poético no menor que en los rostros de los amantes en pleno éxtasis, esa técnica recurrente en el cine ornográfico, pero todavía tabú en el cine de calidad y pretensiones artísticas, que en esta película se inspira en las delicadas estampas de los grandes pintores erotómanos Hokusai y Utamaro. En ocasiones, las escenas íntimas se convierten en colectivas, y criados, a su pesar, o geishas, de buen grado, participan del goce de la pareja de amantes insaciables. El director recurre de manera explícita a la felación, la penetración, la eyaculación y la mutilación, en una relación sexual llevada a sus límites, que sólo culminará con la entrega máxima, definitiva. Actores célebres, de vidas ejemplares, se brindaron a realizar el papel más importante de su vida: a interpretarse haciendo lo que nunca se muestra, lo que, prohibido, se relega a la esfera de la penumbra rojiza, asfixiante, de la habitación donde se hermanan el sexo y la muerte. 

Sada es una mujer de extrema sensibilidad y libre de prejuicios al satisfacer por piedad a un viejo vagabundo, mostrándole su sexo y tocando sus genitales. También es una mujer agresiva, al atacar a otra sirvienta que la insulta, llamándola prostituta. Es entonces cuando el amo, Kichizo, repara en ella, diciéndole con cierta sorna: “¿por qué usar estas manos para matar pudiendo usarlas para el placer?”. Sada se encargará de demostrarle que una y otra cosa pueden resultar equivalentes. La joven, que en un principio se siente ultrajada y humillada ante la omnipotencia de la erección dominante del macho, acaba consiguiendo un plano de igualdad cuando el amo abandona a su esposa para casarse con ella. La progresiva adopción por parte de Aba de la postura activa en el coito, situada encima de Kichizo, indica su creciente poder erótico, que convierten a su amante en un hombre objeto, cuya único deseo es satisfacer a su hembra, proporcionarle, cada vez más exhausto, ese orgasmo que nunca llega, mientras Sada rejuvenece tras cada fornicación: “Por favor, no puedo seguir esperando”. Ese orgasmo que, si ya es calificado comúnmente como “pequeña muerte”, aspira a más, a la gran muerte, a la total, la definitiva: “Lo que te da placer a ti me hace feliz a mí”... “¿Por qué te has parado? Casi había llegado al éxtasis. ¿Te ato las manos? Voy a matarte. Es monstruoso. Es maravilloso”. 


Uno de los axiomas de Oshima es confundir sueño y realidad. Aquí lo consigue en tres ocasiones claves para la acción, las tres en la mente de Sada: cuando imagina asesinar a la mujer de Kichizo al sorprenderlos haciendo el amor; la insorportable visión de Kichizo corriendo desnudo, con el kimono que ella le ha dejado, al lado de su esposa; y tras el último orgasmo, su propia visión, con un kimono entreabierto que deja ver su cuerpo desnudo, tumbada en una plaza, mientras un niño da vueltas a su alrededor gritando: “¿dónde está”? El director se enfrentaba, así, a dos de las escenas más complejas y fascinantes de rodar para un director de cine: el ser humano teniendo relaciones sexuales y el ser humano en el momento de morir, mostrando lo cerca que se hallan los dos estados, aunados por la dimensión del sueño.

Si El imperio de los sentidos es una película esencialmente transgresora no es sólo por su estética, por lo que muestra, sino por la subversión que en el terreno ético y moral presupone la opción de sus protagonistas: una reivindicación del goce de la mujer hasta sus últimas consecuencias, el sacrificio voluntario del macho, que santifica a víctima y verdugo, ya que ambos ha sido arrebatados por la tiranía del placer. En palabras del propio Oshima: “Mientras los otros japoneses eran movilizados para morir en los campos de batalla, existía este hombre, Ishida Kichizo, que murió con alegría para satisfacer la sexualidad de una mujer”. El coito, rito mortal e inmortal, alcanza así en esta película dimensiones trascendentales, extraordinarias. El imperio de los sentidos no fue creada para estimular sexualmente, pese a haber sido acusada en Japón en un largo proceso por delito de “obscenidad”, según el artículo 175 del código penal nipón, sino para reflexionar sobre la dimensión sagrada del sexo, elevada la consecución del goce absoluto a religión del cuerpo.
Del libro de Silvia Rins, Las grandes películas asiáticas. Espiritualidad, violencia y erotismo en el cine oriental. Ediciones JC

2 comentarios:

  1. Magnífico comentario otra vez.Esta película "El ...sentidos" la vi en Zaragoza en el año 77 creo y me impactó.Yo estaba en una relación similar y fue como verme a mi mismo y el posible final de ello. Luego la he visto más fríamente y sigo considerándola una obra maestra. Descase en paz su autor,su obra es cuasi inmortal.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo que El Imperio de los sentidos es una película que sigue impresionando hoy en día. No tanto por lo que muestra si no por el pensamiento que impregna las imágenes: el sexo relacionado con la liberación del deseo que conduce a la muerte. Todos hemos sido en alguna relación o en alguna ocasión Sada o Kichizo (o ambos). La búsqueda de la posesión absoluta, del máximo grado de placer, sólo encuentra descanso en la destrucción. Oshima nos dio una gran lección de osadía (y de belleza visual).Sus películas no lo dejarán morir.

      Eliminar