martes, 20 de octubre de 2015

[Sitges 2015] Love 3D



Si algo adoro del Festival de Sitges, además de esas caminatas maravillosas arriba y abajo del pueblo que se pueden dar varias veces al día —servidor de ustedes pretende dárselas de ser racional aunque mi escasa capacidad de organización, por muchos archivos de Excel que acumule en mi disco duro, es manifiestamente irrisoria— es la posibilidad de vivir incongruencias tales como haber disfrutado la noche anterior, casi de madrugada, de una maravillosa película infantil como es Love & Peace, y varias horas después, cuando los niños han de estar en el colegio, de una sesión de pornografía en 3D en una sala llena con capacidad para mil personas. Pero siendo un film de Gaspar Noé, reducir toda la cuestión a simple porno es poco menos que un insulto.

La primera escena de Love, donde la pareja protagonista del film se masturba mutuamente, es una muestra idónea de lo que encierra la nueva obra de Noé: atrevimiento y delicadeza, carnalidad y elegancia, fluidos y esa agradable sensación de abandono que acompaña los momentos posteriores a un orgasmo. La polémica es, como suele ser habitual, estéril: aquí hay penes, eyaculaciones y penetraciones, pero también una conmovedora, y excelentemente filmada, historia de amor y pérdida.


Enfrentarse a lo nuevo del director argentino es siempre emocionante. Tras la epopeya sensorial y sensual que supuso Enter the Void (2009) —que sigue sin estrenarse comercialmente en España— Noé aboga por mostrarnos la historia de Murphy (Karl Glusman), algo así como el joven e inexperto alter ego del propio director, un aspirante a cineasta que sostiene que el cine “debe estar hecho de sangre, semen y lágrimas”, afirmación que Gaspar Noé siempre lleva hasta sus últimas consecuencias.


La cinta se inicia con un Murphy casado y desapasionado, padre cansado y derrotado. Al recibir cierta llamada se dispararán en él toda una serie de recuerdos acerca de su relación con Electra (Aomi Muyock) —sí, en un ataque de obviedad impropio del director, los nombres de lo personajes supeditan muchas de sus acciones— y con Omi (Klara Kristin). De este modo, usando los fragmentos de memoria que Murphy evoca como eje narrativo, y con el lenguaje habitual de Noé: voz en off, montaje fragmentado y no lineal, asistimos a una preciosa historia de amor y pérdida, donde el sexo es tan importante como los diálogos —con esos largos travellings propios del director y que aprovechan fantásticamente el 3D, otorgando una profundidad que pocos directores dominan así—, y los silencios tanto como las palabras. No puedo entender a quien sólo haya visto una película porno más, pocas veces en el cine de nuestros días asistimos a una historia con unos personajes tan bien desarrollados, contradictorios y, en ocasiones es cierto, un pelín intensos.




Es una película sobre la absurdez de la masculinidad, sobre el ego absurdo que dicta la conducta irracional de un individuo inmaduro, inepto a la hora de separar impulsos tan diferentes pero cercanos como son el sexo y la violencia, capaz tan sólo de darse cuenta demasiado tarde de la ostia enorme que se ha pegado, de cómo ha perdido aquello que lo mantenía vivo e, irónicamente, cuerdo. La última escena, en la bañera, es preciosa y lacerante, difícil de tragar y seguramente cuestionable para muchos. ¿Acaso no puede un hijo hacer el olvidar el dolor de la pérdida, el recuerdo de la mujer que amó? ¿Conseguirá educar a su primogénito de tal modo que evite este sufrimiento absurdo en su vida o es la mezquindad inherente al hombre?


Obviar todas las virtudes del film y reducirlo todo a un ejercicio de polémica fútil es ofensivo. Es comprensible que Love no se estrene en circuitos comerciales, especialmente en el país donde Ocho apellidos vascos es el mayor éxito de público, pero leer ciertos comentarios que vinieron desde Cannes, donde críticos especializados no pudieron ver mas allá de lo obvio es desasosegante. Quizá el plano del pene eyaculándoles encima les cegó.

No hay comentarios:

Publicar un comentario