Gran parte de la obra de Woody Allen ha tenido influencia de la filosofía desde que el director neoyorquino descubrió al sueco Ingmar Bergman. La banalidad del mal y la conciencia de culpa, el azar y el destino, son temas que articulan algunas de sus mejores películas, como Delitos y Faltas (1990) y Match Point (2005). Sin embargo, Irrational Man, cinematográficamente hablando, se halla bastante por debajo de estas, sin dejar de resultar interesante, y contar con el acicate de un magnífico Joaquin Phoenix como el depresivo profesor universitario Abe Lucas (el actor ha adquirido cierta práctica en las personalidades torturadas a tenor de sus papeles en Two lovers, The Master o Her), que no encuentra motivación para seguir viviendo, ya que sus actividades políticas, docentes o intelectuales han acabado por parecerle inútiles y carentes de sentido. Una aventajada alumna, Jill (Emma Stone), fascinada por su carisma, intentará ayudarlo a vencer su pesimismo. La conversación que ambos escucharán por casualidad en una cafetería, dará un giro inesperado a la existencia de Abe, quien se planteará la posibilidad de cometer un crimen perfecto por una buena causa, que para él justifica la moralidad de su acto.
